15 de noviembre de 2017

Cinco panes y dos peces

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Lectura: Juan 6:1-15

Hoy vamos a pararnos en unos versículos muy conocidos incluso por los que nunca han leído la Biblia, pero que a pesar de ser muy conocidos, tienen detalles en los que no solemos fijarnos y que sin embargo pueden enseñarnos mucho, así que os animo a estar bien atentos.

La Palabra de Dios está ahí para “escarbar en ella”, como decía Alfonso el otro día, porque la superficie está bien, pero si escarbamos sacaremos de ella cosas mucho mejores. Es como una olla de puchero, el caldito de arriba está bien, pero lo bueno, la carne, los garbanzos, la sustancia está en el fondo. Hay que buscar en el fondo y es lo que vamos a hacer y os animo a que en casa hagáis también lo mismo cada día.

Vamos a escarbar y al mismo tiempo nos vamos a ir haciendo preguntas.

CONTEXTO

Jesús viene de haber sanado hace poco al paralítico en el estanque de Betesda, y de haberse presentado como Hijo de Dios delante de todos, incluso de los escribas y doctores de la ley.

Cuando nos paramos en la alimentación de los cinco mil, hay tres frases que Jesús ha dicho justo antes, y que deberíamos de recordar en todo momento, porque nos ayuda a entender por qué Jesús hizo luego lo que hizo. Están en Juan 5:36-37, :

- "Yo tengo mayor testimonio que el de Juan".
- “Las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado”.
- "El Padre que me envió ha dado testimonio de mi".

Para Jesús el propósito de los milagros es dar testimonio. Esa es una palabra clave en el Evangelio y la palabra clave del día de hoy. Testimonio de que Él realmente venía de Dios y que era el mismo hijo de Dios, mayor que Juan y que cualquier otro profeta (ver Juan 6:14).

Ahora acaba de cruzar el mar desde Jerusalén a la otra orilla, a un monte para predicar. Si miramos lo que se cuenta de este mismo momento en Mateo 14, Marcos 6 y Lucas 9, vemos que este monte está en un lugar desierto, en la ciudad de Betsaida, y que Jesús se quiso apartar allí con sus discípulos porque estaban cansados después de todo un día predicando por la zona, enviados por el propio Jesús. Sin embargo, la gente los reconoce y les persigue, y en vez de descansar, Jesús se dedica a sanar a los que se le acercaban y a seguir enseñándoles.

DOS CLASES DE PERSONAS (versículos 1-3):

Aquí nos damos cuenta que Juan diferencia entre dos clases de personas

- La multitud que seguía a Jesús.
- Los discípulos que se sentaron a su lado.

¿Por qué hace Juan esta distinción? Porque no todos estaban buscando lo mismo:

- Una multitud, la inmensa mayoría, sabían que Jesús había hecho milagros hace poco en Jerusalén, que había sanado enfermos y podía sanarles también a ellos, o puede que no tuvieran ninguna enfermedad pero aún así querían asistir al espectáculo de ver cómo un enfermo sanaba. O tenían hambre y pensaban que Jesús les daría de comer. Buscaban cosas materiales.
- Un pequeño grupo, la inmensa minoría, sabían que Jesús era el hijo de Dios y buscaban de él su enseñanza, un fundamento para sus vidas, y se sentaron lo más cerca posible de él para aprender. No querían nada físico, ni ver un espectáculo, buscaban alimento espiritual.

Esto nos lleva a una PRIMERA PREGUNTA:

¿Qué buscamos nosotros de Dios? ¿Qué esperamos recibir hoy en este lugar?
- Mucha gente viene buscando consuelo, porque los hermanos de la iglesia le tratan bien.
- Otros vienen buscando consejo, porque cree que en la iglesia hay personas sensatas que les pueden ayudar.
- Otros buscan alimentos, cuando llega el camión del banco de alimentos o de la Cruz Roja.
- En congregaciones carismáticas hay quien busca el espectáculo, ver cómo los hermanos hablan en lenguas o hacen sanidades, o en cualquier congregación van a ver a ese hermano o hermana que canta tan bien o que predica tan bien.

Esto no es suficiente. El propósito de Cristo no era dar espectáculo ni sanar enfermos, ni dar de comer a la gente, ni siquiera enseñar. El propósito de Cristo era y sigue siendo cambiar vidas.

La iglesia, entendida no como un edificio sino como todos y cada uno de nosotros los creyentes, somos instrumentos de Cristo para hacer discípulos, para que gente que no tiene un fundamento en sus vidas, que vive de manera desordenada o sin rumbo, puedan ser transformadas en personas con un propósito claro, fundamentado en el Evangelio. Para que la gente de esa multitud, pase a sentarse al lado de Cristo.

Me doy cuenta del poder de Jesús pensando en mí mismo. ¿Por qué yo era antes de una manera y ahora soy de otra totalmente diferente? Por el poder de Dios y su Palabra, porque acepté a Cristo en mi corazón y él me transformó haciéndome una nueva criatura, cambiándolo todo, desde cero, tanto mi manera de pensar como mi manera de vivir. Dejé de ser multitud.

Te invito a dejar de ser de esa multitud que o no busca nada, o busca de mala manera, para pasar ser un discípulo de Jesús sentado cerca de él, que experimentes esa transformación tú mismo.

Ahora hay tres cosas en este episodio, una más llamativa y otras dos en las que casi nunca nos fijamos, pero que tienen una importancia muy grande desde el punto de vista práctico para nosotros:

1. Cristo sacrificó su descanso y el de sus discípulos por el bien de la gente.
El motivo fue la compasión como vemos en Marcos 6:34. Les vio “como ovejas que no tienen pastor”. Cristo se da cuenta de la necesidad de las multitudes, esas que no tienen pastor, y además sabe cómo suplir esa necesidad y quiere hacerlo (Juan 6:5-6).

Además, llama la atención que Jesús no hace el trabajo solo. Él nunca trabajó solo, sino que hace que los discípulos trabajen con él. Esta vez les pide que distribuyan a la gente por grupos y que empiecen a repartir la comida (Juan 6:10-11).

Jesús y los discípulos estaban cansados, no habían ido a predicar en coche, ni siquiera a caballo o con un burro o un asno, ellos hacían esos caminos a pie, caminos sin asfalto y llenos de piedras, así que seguro que estaban muy cansados. De hecho si leemos Marcos 6:31, el motivo de subir a aquel monte no era el de predicar, sino el de descansar. Pero Jesús sacrificó su descanso y el de sus discípulos para pastorear a esa gente, porque sintió que tenían necesidad.

Esto nos lleva a una SEGUNDA PREGUNTA:

¿Estamos dispuestos a sacrificar nuestro tiempo y nuestras fuerzas para la obra de Dios, aunque nos queden pocas?

La vida cristiana no es sólo creer, va mucho más allá, es un modo de vida que implica trabajo, cansancio, sacrificio. En la iglesia no debe tener lugar la comodidad, tú y yo somos parte de esa iglesia.

Cristo no trabaja solo, siempre pide que sus discípulos también se pongan manos a la obra. Y ahora sus discípulos somos nosotros.

Esta historia me recuerda Pepe, el que ha sido pastor de Sanlúcar durante tantos años. Una vez mis padres me contaron que a finales de los años setenta, llegaba a su casa sucio, cansado de trabajar en el campo desde muy temprano, y se encontraba allí a dos jóvenes que eran mis padres, con muchas preguntas anotadas, y en vez de decirles que volviesen otro día porque estaba hecho polvo, sacrificaba su tiempo y las pocas energías que le quedaban para dedicarlas a ellos. Y eso dio su fruto.

¿Estamos cómodos? Entonces preocupémonos, porque es señal de que algo estamos haciendo mal. ¿Te pasa todo lo contrario? ¿Te duelen los pies? Alégrate, vas por el buen camino. La vida cristiana es así.

2. El joven que ofreció sus cinco panes y dos peces.

Todos nos fijamos en esos cinco panes y dos peces que Jesús multiplicó, pero ¿es que nadie se fija en el joven que los ofreció? Porque nadie se los quitó por la fuerza, él los ofrece voluntariamente. Normalmente es algo que pasa desapercibido, no se le da importancia a ese joven, que probablemente era uno de los discípulos, y que tenía una cosa totalmente insignificante. (Juan 6:8-9).

¿De qué iban a servir cinco panes y dos peces? Pero con ellos Cristo alimentó a cinco mil hombres, y en Mateo 14:21 dice que había mujeres y niños, es decir: eran mucho más de cinco mil personas.

Dios hace grandes cosas con siervos pequeños, si esos siervos están dispuestos a ofrecer lo que tienen.

Esto nos lleva a una TERCERA PREGUNTA:

¿Estamos dispuestos a ofrecer al Señor lo poco que tenemos?
Podemos sentirnos impotentes, indefensos, débiles, que llevar a la práctica la vida cristiana en un momento dado nos viene grande, que es demasiado, pero Dios nos invita a ofrecerle lo poco que tenemos, y con eso Él se encargará de hacer algo grande. Ten en cuenta una cosa: No somos débiles por casualidad, es que tiene que ser así para la gloria de Dios (1ª Corintios 1:26-27).

El Señor utiliza las cosas pequeñas y a los discípulos humildes para demostrar su poder. No lo hace porque no hay más remedio o porque no tiene alternativa, sino que El Señor escoge expresamente a discípulos pequeños, humildes, débiles, para que de esta forma sea su poder y no el nuestro el que dé testimonio.

¿Qué hubiera pasado si un hombre millonario hubiera llegado con un carro lleno de peces y de pan? Pues que no hubiera existido ningún milagro, y hoy no estaríamos aquí hablando de esto porque nadie se acordaría.

Además, en 1ª de Corintios tenemos una promesa del Señor maravillosa: Que por medio de nosotros, Él avergonzará a los sabios y a los fuertes.

3. Al final acabó sobrando más de lo que el joven tenía en un principio. (Juan 6:12-13).

El joven sólo tenía cinco panes, pero Jesús no sólo multiplicó aquello para que más de cinco mil personas comieran, sino que al final en vez de cinco panes, acabó teniendo doce cestas llenas de pan, es decir, ¡mucho más de lo que tenía al principio! Si hubiera sido un inversor, podríamos decir que este joven hizo un buen negocio. Fue "un pelotazo".

Cuando ofrecemos lo poco que tenemos al Señor, él nos bendice con mucho más. Y no sólo me refiero a cosas materiales, también hablo de tiempo y de energía. Es un buen negocio.

Muchas veces El Señor nos sorprende, y llega mucho más allá de lo que podamos pensar. Pero para llegar a ese punto tenemos que hacer dos cosas:

1ª.- Tener fe en Él. Lo que Jesús pedía era absurdo, ¿Esa comida entre miles de personas? Si los discípulos hubieran decidido irse a descansar en vez de obedecer a Jesús y no empezar a repartir esa ridícula cantidad de pan, no habría sucedido ningún milagro.
2ª.- Ofrecerle todo lo que tenemos. El pobre chaval habría traído algo de comer pero para él, o a lo mejor para algún amigo o familiar que le acompañaba. Entregándolo a Jesús se estaba quedando sin comida, es decir, se estaba arriesgando a irse a casa con el estómago vacío. Pero aún así lo ofreció. Si no lo hubiera hecho, si hubiera dado la causa por perdida pensando que era absurdo, él y quizá los pocos que venían con él habrían comido, sí, pero tampoco habría sucedido ningún milagro.

CONCLUSIÓN.

Para terminar, te invito a recordar las cuatro preguntas que nos hemos hecho en el día de hoy y a darles una respuesta sincera, hazlo en casa con tranquilidad, porque responder bien nos puede cambiar la vida:

  • ¿Qué buscamos nosotros de Dios? 
  • ¿Estoy dispuesto a sacrificar mi tiempo y mis fuerzas para la obra de Dios? 
  • ¿Estoy dispuesto a ofrecer al Señor lo poco que tengo con fe? 

Por último, fijaros que todos se acuerdan de los panes y los peces, pero nadie se acuerda de este joven que los ofreció. En el Evangelio no se habla nada de él, ni su nombre, ni de dónde venía, ni siquiera se aclara si era un discípulo o no, sólo que estaba por allí y que tenía esa poca comida.

No se habla de él porque en realidad no tiene importancia. Nosotros no estamos llamados a destacar en la obra de Dios, nuestro objetivo debe ser que la gente que no conoce a Dios se fije en el poder del Señor, y no en nosotros. El protagonismo y la gloria son sólo para Dios. Esta es una parte de la iglesia del Señor, no la iglesia de un pastor o de un hermano.

Una vez más, Cristo es nuestro ejemplo. En los v. 14 y 15 dice que la gente, cuando fue consciente del milagro que Jesús había hecho, intentaron hacerle rey, pero Jesús no vino para ser un rey, sino para ser un siervo. Por eso se fue otra vez al monte solo.

Esto nos lleva a una CUARTA Y ÚLTIMA PREGUNTA:

¿Estamos dispuestos a ser siervos de Dios?
Me imagino el gozo que sentiría ese joven viendo que lo poco que tenía había servido para alimentar a miles de personas, y que sobre todo había servido para manifestar la gloria de Dios. Seguro que le mereció la pena. No sé vosotros, pero si yo pudiera estar allí y elegir personaje, hubiera elegido ser este chaval. Humilde, anónimo, pero todo un privilegiado.

Ahora hermanos, nosotros también podemos ser privilegiados viendo de primera mano el poder de Dios manifestándose por medio de nuestras vidas. La forma de conseguir esto no ha cambiado en más de dos mil años, sigue siendo la misma porque Dios también sigue siendo el mismo. Si quieres ver el poder de Dios manifestándose en tu vida y en la de los que te rodean:

1º.- Ten fe.
2º.- Ofrece al Señor todo lo que tienes.

¿Somos pocos? ¿Somos débiles? Bien, es buena señal, porque de esta forma toda la gloria será para Dios. "Cinco panes y dos peces", un buen lema que nos vendrá bien recordar siempre.

EES

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