14 de abril de 2017

Como la palmera


Lectura bíblica: Salmo 92 y Efesios 4:11-15.

La mayoría de las veces oramos al Señor para pedirle algo, o para poner delante de él una cosa que nos preocupa, pero nos olvidamos de darle las gracias. Precisamente el Salmo 92 es un canto de acción de gracias a Dios por sus obras, y que se utilizaba el día de reposo (versículos 4 y 5).

No sabemos cuál era la música, pero tenemos la letra inspirada por Dios que nos enseña que lo que él hace con nosotros es como para gozarse. Gozarse es más que estar alegre, implica además de eso el disfrutar pensando en ello, recordándolo. ¿Qué ha hecho Dios para que tengamos motivos de estar con ese gozo?

Dice el versículo 6 que el que no cree en Dios no entiende estas cosas, es decir, no es capaz de entender cuáles son las obras y los pensamientos de Dios. Pero los que hemos sido salvados por la muerte y resurrección de Cristo, sí que podemos hacerlo.

El motivo de gozo, la idea principal sobre la que gira este Salmo y en la que me quiero centrar, es que el que fundamenta las raíces de su vida en Dios, es prosperado por encima de todo y para siempre.

Vamos a ver en qué sentido entendemos aquí la prosperidad y para ello nos vamos a ir a un versículo clave que es el 12; sobre todo una frase que os recomiendo que aprendáis de memoria: “El justo florecerá como la palmera”.

Hay algunas predicaciones de La Palabra que recuerdo especialmente con cariño: Una es la que preparó mi tío Paco sobre la hormiga, que tuvo tanto éxito que hasta hizo una segunda parte, y otra ocasión hace también muchos años en la que mi padre predicó sobre la palmera. No me acuerdo de la mayoría de su contenido, pero sí que se me quedaron grabadas hasta el día de hoy un par de cosas que he recordado en momentos puntuales de mi vida, y que me han sido de mucha bendición.

Vamos a aprender de un árbol que es capaz de vivir en un lugar desierto, haciendo posible al mismo tiempo la vida a la gente que está alrededor, y veremos el paralelismo entre la vida de una palmera y la de un cristiano. La primera impresión es que no nos parecemos mucho, pero si miramos bien, somos casi idénticos:

1. EL CRECIMIENTO.

La palmera crece en el desierto, donde ningún otro árbol sería capaz de conseguirlo. Además lo hace de una forma poco común, porque no suelen tener ramas laterales, sino que el tronco va subiendo recto y en lo más alto es donde le salen las hojas y los frutos. Algunas palmeras llegan a tener hojas de hasta 25 metros de largo, las más grandes del reino vegetal.

De igual forma el cristiano crece en su relación con Dios, en un mundo que está desierto, que no quiere saber nada de Dios y que vive haciendo todo lo contrario a los caminos del Señor, lo que le da la gana.

No es fácil vivir así, en un mundo seco y sin Dios los cristianos corremos el peligro de acabar secándonos y siguiendo la corriente a todos los que nos rodean, haciendo como ellos lo que nos da la gana o lo que nos pide el cuerpo. Pero El Señor nos ha preparado no sólo para mantenernos vivos o para sobrevivir a duras penas, sino a ir mucho más allá: a crecer como la palmera directos hacia arriba. Entendemos mejor qué significa esto leyendo Efesios 4:11-13.

Crecer hacia arriba significa:

1º.- El objetivo: Perfeccionarnos, estar cada día mejor preparados para edificar la iglesia (el cuerpo de Cristo).
2º.- Las herramientas: Utilizar para ello los dones que él nos ha dado.
3º.- El secreto del éxito: Tomar a Cristo como modelo.

Hay que tener cuidado de no gastar energía y tiempo echando ramas laterales, mirando lo que hacen los demás. Todo nuestro esfuerzo se debe centrar en mirar hacia arriba, donde está Cristo.

Acude todos los días a las Escrituras para conocer cada día mejor lo que Cristo enseñó e hizo para imitarlo, y examínate a ti mismo cada día para ver qué hay en nuestra vida que tiene que ser mejorado. Así es como el cristiano es prosperado en su día a día.

Aparentemente hacer lo que nos pide el cuerpo es más fácil. Pero a la gente que hace eso le ocurre lo que a la yerba en los versículos 7-9 de este salmo: En el desierto casi nunca llueve, pero cuando caen dos gotas, en seguida se llena de yerba y de flores, y se pone muy bonito. Eso pasa también en el arena seca de la playa. Esa yerba crece en un momento y se extiende rápidamente sin problema, no como la palmera que su crecimiento es muy lento y a base de mucho esfuerzo.

Sin embargo esa yerba que nace de repente, también muere de repente a los pocos días, se seca y al final el viento la esparce y desaparece, porque deja de llover y se queda sin alimento. Pero la palmera permanece ahí de pie, apuntando al cielo, y destaca como un punto verde entre toda esa sequedad que le rodea.

Los hijos de Dios permanecemos no porque seamos mejores que los demás, sino porque nuestro crecimiento se fundamenta en Cristo, al que no perdemos de vista. No es fácil pero es mejor. Con El Señor vamos creciendo poco a poco, y por su gracia nos vamos perfeccionando.

Como el sastre que hace un traje a medida, Cristo es nuestro modelo y nuestra medida (Efesios 4: 13, “A la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. No debemos parar hasta que el traje nos quede perfecto. Es un proceso lento pero continuo, que dura toda la vida, pero en ese proceso también El Señor nos va haciendo cada vez más fuertes, y nuestras hojas y nuestros frutos también más grandes y abundantes (versículo 14 del Salmo 92).

2. EL ALIMENTO.

La palmera busca el agua con sus raíces yendo a lo más profundo de la tierra y en todas direcciones, y hasta que no la encuentra no para. Puede llegar a tener raíces de hasta veinte metros de longitud, de las más largas que existen. Además, las apariencias engañan porque aunque una palmera pueda parecer pequeña, una de dos metros de altura por debajo ya puede tener muchos metros de raíces.

Recordad la idea principal sobre la que estamos tratando: el que fundamenta las raíces de su vida en Dios, es prosperado por encima de todo y para siempre. El cristiano que planta sus raíces firmes en Cristo es prosperado. Y este es el motivo de gozo del que hablamos al principio cuando leímos el versículo 4.

Es cierto que en este mundo no es fácil centrarse en Cristo porque la mayoría de la gente que nos rodea vive haciendo todo lo contrario, pero El Señor nos llama a ser perseverantes. Al final, igual que la palmera que no se rinde, y echa metros y metros de raíces hasta que logra su objetivo, Dios nos promete que si le buscamos le encontraremos (Efesios 4:15-16).

“Siguiendo la verdad en amor, crezcamos”: Buscando el agua con nuestras raíces.

Todo el mundo busca la verdad para seguirla. Por eso la mayoría de la gente tiende a poner su confianza en algo o en alguien. Unos confían en sus padres, otros confían en los políticos, otros en algún famoso, algún filósofo o en los científicos. Todos tienen opiniones diferentes y a veces hasta se pelean entre ellos porque no se ponen de acuerdo.

Pero la auténtica verdad sólo está en Cristo. Las Escrituras no sólo nos hablan sino que giran alrededor de Él, y por eso tienen que ser la base sobre la que vivamos, sintamos, pensemos y tomemos nuestras decisiones cada día. Entonces es cuando se hará realidad lo que dice el versículo 13 de este Salmo.

Echando raíces sobre Aquel que dice la verdad y que no falla, entonces floreceremos como la palmera:

1º.- Porque tendremos un propósito claro para nuestra vida, en los momentos buenos y en los malos.
2º.- Porque cuando dudemos podremos acudir a la Palabra para buscar seguridad de qué es lo correcto.
3º.- Porque cuando suframos podremos ir al Señor en oración y él nos escuchará y actuará.

3. EL FRUTO.

El fruto de la palmera es el dátil. Suele ser la parte más llamativa del árbol por su color y a veces por su olor. Pero para conseguirlo hay que escalar hasta la parte más alta porque sólo está allí. Además, es muy dulce, y dentro de ese fruto está la semilla de la que nacen nuevas palmeritas.

Una curiosidad: La Lodoicea maldivica, de las islas Seychelles, tiene la semilla más grande de todo el reino vegetal, que llega a pesar hasta 45 kilos.

Fijaros que a la palmera le gusta lo grande: tiene las hojas más grandes del mundo, de las raíces más largas que existen y también la semilla más grande que se conoce.

Pues el cristiano ha sido llamado a dar fruto. Pero no un fruto cualquiera, sino a lo grande.

Los cristianos hemos recibido la vida gracias a la muerte y resurrección de Jesús pero con un propósito. Ese propósito, esa misión la tenemos en el versículo 15: “Para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, y que en él no hay injusticia”.

Como resultado natural del alimento que recibimos de Cristo, los cristianos vamos a compartir de esa fuente de vida discipulando a otros, como dice en Mateo 28, “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” y ese es el fruto dulce que El Señor quiere de nosotros.

Nuestra vida tiene un orden, un propósito y un objetivo claro. Y ese objetivo lo podemos llevar a cabo gracias a que tenemos claro quién es nuestro modelo a seguir: Cristo. Y eso es lo que nos hace florecer, dar fruto y permanecer firmes hasta el final, no como la hierba que se seca en cuanto termina la lluvia.

Pero para conseguirlo no podemos quedarnos en la arena caliente del desierto, dejándonos llevar por lo que piensa este o aquel, o por la moda del momento, o según si las cosas nos van bien o no. Lo interesante no está en la arena, sino por debajo y por encima:

Mientras por debajo seguimos buscando el agua de la Palabra de Dios que nos alimenta, al mismo tiempo crecemos hacia arriba, “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, lo más alejado posible de nuestra antigua manera de vivir, y entonces, allí en lo más alto, será cuando daremos fruto.

Gálatas 5:22-25:

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.
Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.
Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”.

Los cristianos no crecemos ni nos alimentamos sólo para nuestro propio beneficio, no podemos quedarnos callados ni parados, sino que debemos compartir esa bendición con todos los que nos rodean, para plantar en ellos la semilla que les permita convertirse en otras palmeras, que crezcan y den fruto en Cristo, y que dejen de ser yerba que se seca al sol sin ni siquiera darse cuenta, para convertirse en árboles fuertes que destaquen desde lejos en este mundo desierto.

No es sólo vivir, es también andar. Hay que moverse, dice El Señor. Entonces seremos prosperados, y experimentaremos el gozo del que se habla en este Salmo.

4. LA RESISTENCIA.

La palmera se inclina cuando sopla fuerte el viento en las tempestades, y eso lo hace uno de los árboles más resistentes del mundo.

Algo que no yo sabía hasta que estuve investigando en esta semana: Las palmeras no son exactamente árboles, sino más bien hierbas, y por ese motivo no tienen como otros árboles los típicos troncos con anillos que sirven para calcular su edad, sino que tienen troncos de fibra mucho más blanda que la madera y que al mismo tiempo la hace mucho más flexible que un árbol. De esta forma puede doblarse cuando hay una tormenta. Así que no es de extrañar que después de un huracán, si queda algún árbol en pie, lo más probable es que sean palmeras.

De igual manera, La fortaleza del Cristiano no está en sí mismo, tampoco se da la gloria a sí mismo diciendo: “qué bueno soy, soy mejor que la gente del mundo”, “soy más bueno que ese o que aquel”, sino que siempre y sobre todo en las dificultades en humildad se inclina a Cristo, y ese es el origen de su fortaleza (versículo 14).

Los cristianos no sn inmunes al dolor, tienen que vivir en el desierto y pasar el calor y sufrir el huracán como los demás, la diferencia está en que cuando lo pasamos mal y vemos que no podemos aguantar, cuando vemos que se nos escapa algo de las manos, no tratamos de resistir con nuestras propias fuerzas, sino que nos inclinamos ante Cristo, y de ahí viene nuestra fuerza. Da igual que el tronco se doble, no se va a romper, porque nuestra verdadera fortaleza no está en el tronco sino en las raíces, que reposan sobre la roca que es Cristo, nuestro modelo, nuestra verdad.

Aunque seamos pequeños, unas simples palmeritas de dos o tres metros de altura, que van creciendo poco a poco en un lugar seco, somos los más poderosos de todos los árboles de la tierra, porque la fuerza que tenemos no es nuestra, viene del Señor, sobre el que hemos fundamentado las raíces de nuestra vida, y gracias a esa fortaleza y al alimento que él nos va dando a través de la Palabra, no hay ni habrá nada que nos pueda tirar abajo.

Espero que ahora podamos entender por qué el que fundamenta las raíces de su vida en Dios, es prosperado por encima de todo y para siempre.

Recuerda hermano: “El justo florecerá como la palmera”. Que El Señor te bendiga.

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