6 de enero de 2017

El camino a Emaús

Lectura bíblica: Lucas 24:13-35

Hoy vamos a pararnos en un momento que vivieron dos personas muy cercanas a Jesús, es la historia de dos discípulos que van por un camino en dirección a Emaús, una aldea que estaba a unos once kilómetros de Jerusalén.

Estos dos hombres habían seguido a Jesús durante su ministerio, y formaban parte del grupo de discípulos más cercanos a Él. Lo último que podían esperar era que Jesús muriese, así que lo que habían vivido les había dejado totalmente sorprendidos. Ahora tenían miedo porque no sabían que iba a pasar con ellos, estaban también desorientados, no sabían qué hacer a partir de ahora, y además estaban muy tristes, porque habían perdido a un maestro al que admiraban.

Dice en Lucas 24:14 que ellos "iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido" Vamos a empezar viendo a qué cosas se refiere Lucas.

CONTEXTO.

Era el tercer día después de la muerte de Jesús, que acababa de resucitar. Varias mujeres de entre sus discípulos fueron a la tumba para preparar el cuerpo, cuando vieron que el cuerpo del Señor no estaba. Allí mismo se les aparecieron dos ángeles que les dijeron que Jesús había resucitado. El mismo Jesús se apareció primero a María Magdalena y habló con ella (Juan 20:15-16) y luego al resto de mujeres.

Cuando las mujeres vieron a Jesús, inmediatamente fueron corriendo al lugar donde estaban los demás discípulos para darles la noticia, pero ellos no les creyeron. Entre esos discípulos estaban los dos que iban por el camino a Emaús. De ellos sólo sabemos que uno se llamaba Cleofás.

TODOS, incluso los propios apóstoles, llegaron a pensar que se habían vuelto locas (Lucas 24:11). De todas formas, escuchando lo que las mujeres decían, Pedro y Juan fueron corriendo a la tumba, comprobaron que el cuerpo no estaba, y volvieron también a la casa para contarlo, pero ni aun así creyeron que Jesús hubiera resucitado.

Yo me hago esta pregunta: ¿Cómo podía ser que después de tres años con Jesús, y haber escuchado varias veces de su propia boca que le matarían y que resucitaría al tercer día, no creyeran, y más sabiendo lo que decían los profetas? El problema es que no habían entendido las escrituras (Juan 20:9):

"Porque aún no habían entendido la escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos".

Por eso creían que lo que las mujeres les estaban contando era imposible, y ni siquiera se acordaban de que les había dicho que resucitaría.

Volviendo al camino, vemos que estos dos discípulos se marcharon de la casa donde estaban los demás, tristes, hacia la aldea de Emaús, hablando de todo esto que había pasado en las últimas horas: la crucifixión, la noticia de las mujeres, lo que luego contaron Pedro y Juan etcétera, y por supuesto estaban asustados, sin saber qué podría suceder en el futuro.

Tuvo que ser un tiempo muy difícil para ellos, porque un maestro al que respetaban de repente es crucificado y muere. No se lo esperaban, y no entendían nada de lo que estaba pasando.

Aquí tenemos algo que aprender en el día de hoy: su falta de conocimiento y su incredulidad tuvieron consecuencias directas e inmediatas en sus vidas:


  • Miedo.
  • Inseguridad.
  • Incapacidad.
Esto es lo que cosecharon en su viaje hacia Emaús, pero todavía más importante es que supieron deshacer ese camino y volver al lugar correcto. El recorrido de ese viaje de regreso a la Jerusalén espiritual podemos verlo ilustrado a través de tres preguntas clave, en las que vamos a meditar:

1ª PREGUNTA: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?" 

Esa fue la pregunta que los ángeles hicieron a las mujeres cuando fueron a la tumba (Lucas 24:4-5). Y esto es lo que les pasaba a ellas y a todos los demás discípulos, incluídos estos dos hombres. Buscaban a Jesús en el lugar equivocado.

Eran totalmente incapaces de compartir el mensaje del Evangelio, porque ni siquiera sabían que Jesús estaba vivo, no sabían qué significaba la muerte en la cruz, y eso les llevó a perder el tiempo lamentándose sin necesidad alguna.

¿Cuántas veces nos habremos lamentado nosotros mismos y habremos sufrido sin necesidad? ¿Cuántas veces habremos pensado que Dios no hace nada para ayudarnos cuando aparecen problemas que no esperábamos, sin darnos cuenta de que él ya tiene prevista una solución?

Ellos estaban encerrados en una casa con miedo, buscando a Jesús entre los muertos, cuando en realidad la tumba estaba vacía. Y su falta de entendimiento de las escrituras les llevaba a la incredulidad, y esa incredulidad tampoco les permitía entender, así que estaban en un callejón sin salida.

Hay mucha gente que busca a Dios donde no puede ser hallado. Algunos buscan en otras religiones, otros se apoyan en sus propios razonamientos, y otros simplemente no buscan porque piensan que no hay Dios, y todos ellos caminan hacia Emaús por un callejón sin salida, con unas vidas sin propósito ni fundamento, porque no se están apoyando en la roca veradera.

En este mundo hay mucha necesidad de Cristo, y de personas que sean capaces de compartir su mensaje de amor, salvación y esperanza. Nosotros como Iglesia de Cristo, como discípulos suyos, tenemos que esforzarnos en estar plenamente preparados para conocer, para entender y para compartir el mensaje del evangelio. Porque no podemos ir y hacer discípulos a todas las naciones, como él nos mandó, si vivimos sin conocer ni comprender su Palabra. Y para conocer y comprender su Palabra tenemos que hacer dos cosas:

1º Estudiarla.
2º Ponerla en pŕactica.

Si no hacemos estas cosas, nos convertiremos en siervos inútiles. Simpatizantes que vienen los domingos y algunos los jueves a la iglesia y poco más. Pero eso no es suficiente para ser un verdadero discípulo de Cristo. Dios quiere de nosotros mucho más. Y si nos sentimos incapaces para conseguirlo, no debemos preocuparnos. Si de verdad queremos seguirle, él nos va a capacitar para ello. Igual que hizo con los dos de Emaús. Sólo tenemos que conocer y practicar La Palabra.

La segunda pregunta la hizo Jesús:

2ª PREGUNTA: "¿Por qué estáis tristes?"

Lucas 24:15-17. En medio de esta situación tan complicada para los discípulos, Jesús les dio el encuentro e hizo tres cosas:

1ª. Les escuchó.
2ª Les acompañó.
3ª Les enseñó.

Jesús vuelve a hacer lo mismo que hizo con aquel paralítico en el estanque de Betesda: como no le podían encontrar porque su ignorancia se lo impedía, fue el mismo Jesús quien toma la iniciativa y va a donde están ellos para sacarles del callejón sin salida (Lucas 24:27).

Tenemos un Dios que se preocupa de nosotros. (Hebreos 4:15-16 – que lo lea un hermano). El Señor se compadece de nuestras debilidades, quiere y además puede ayudarnos.

Estos dos hombres, igual que el resto de discípulos, no confiaron en El Señor. Jesús dijo que iba a resucitar, y las mujeres vinieron diciendo que Jesucristo había resucitado y que la tumba estaba vacía pero aun así siguieron sin creer. Si ellos hubieran creído desde un primer momento que Jesús estaba vivo, ahora estarían felices, gozosos, llenos de esperanza, y sin ningún miedo. Les faltó confianza y eso cerró su entendimiento y además les convirtió en paralíticos espirituales, totalmente incapaces de compartir con nadie el mensaje y la obra de Jesús.

Muchas veces la falta de confianza en El Señor nos trae problemas y sufrimientos innecesarios. Él dice que "a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien" (Romanos 8:26-28). Lo sabemos, pero qué dificil es mantener la confianza en El Señor cuando las cosas no van como esperábamos y llegan los momentos difíciles.

Dios no dice que todas las cosas nos vayan a salir bien, no somos inmunes a los problemas, pero sí que ha prometido ayudarnos a llevar esos problemas de otra manera. A tener paz en medio de la tormenta, como dice la canción.

En estos versículos tenemos una promesa de paz de parte del Espíritu Santo que vive en nosotros y hace su trabajo:


  • Nos ayuda en nuestra debilidad.
  • Conoce nuestros corazones y nuestras necesidades
  • Intercede por nosotros ante el Padre.
Así que acerquémos a Dios con confianza, en los momentos buenos y en los malos que vendrán. Y busquemos a Dios en el lugar adecuado. No hagamos como los discípulos que en un primer momento le buscaron en el lugar equivocado y tuvo Jesús que presentarse delante de ellos, comer y dejar que Tomás le metiera la mano en las heridas para que creyeran.

La tercera pregunta la hicieron los discípulos que iban hacia Emaús:

3ª PREGUNTA: "¿No ardía nuestro corazón en nosotros?"

Como no habían entendido nada, Jesús empieza a enseñarles las Escrituras, y todo lo que los profetas hablaban de Él (v. 25-27). Vemos que les dio un repaso completo, para que abrieran los ojos espirituales. Desde Moisés hasta los profetas.

Llama mucho la atención lo que sintieron mientras Jesús les hablaba (v.32). No podían reconocer a Jesús aun estando delante de ellos, su vida pasaba un momento triste, duro, pero nada de eso impidió que sus corazones ardieran con el poder de la Palabra de Dios.

la Palabra de Dios debe arder en nuestros corazones, que ese fuego nos lleve a iluminar nuestras propias vidas por encima de las circunstancias, y que ese fuego también nos lleve a ser luz en las vidas de otros.

La Palabra de Dios no es un simple libro, es un mensaje de poder que cambia vidas, y que hace que nuestro corazón arda y nos lleve a dar testimonio de Dios de una manera irresistible.

Y ahora es buen momento para una cuarta pregunta, esta última pregunta nos la debemos hacer a nosotros mismos:

PREGUNTA DEFINITIVA: ¿Arde en mi corazón la Palabra de Dios? 

¿La tengo presente en cada momento de mi vida, o sólo cuando las cosas me van bien o los domingos por la mañana? ¿La comparto cada vez que tengo oportunidad, o me callo por miedo al qué dirán? ¿Lleva ese ardor en mi vida a que la gente se pregunte qué tengo de especial, o vivo camuflado entre las costumbres de los demás?


Fijaros en lo que hicieron los dos discípulos que iban a Emaús (v.33): 

En cuanto reconocieron a Jesús, y se dieron cuenta de que ese era el motivo por el que sus corazones "ardían" cuando les hablaba, se fueron inmediatamente ("en la misma hora") a donde estaban los otros discípulos, para compartir con ellos lo que les había pasado. Su frialdad espiritual desapareció, ahora "ardían":

  • Ya no estaban tristes.
  • Ya no tenían miedo ni ansiedad.
  • Ya no eran ignorantes de La Palabra.
Por primera vez abrieron sus ojos espirituales y podían entender lo que Jesús les había enseñado no sólo ese día, sino durante todo el tiempo que estuvo con ellos, y eso les llevó a dar testimonio inmediatamente.

Nosotros no podemos ver a Jesús cara a cara, pero eso no significa que El Señor no esté ahí con nosotros. Él mismo lo dijo: 

"Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho". Juan 14:25-26.

Podemos sentirle, su poder, su amor, su compañía, y eso tiene que alejar de nosotros el miedo y la inseguridad, y nos tiene que impulsar a dar testimonio.

Hermanos, no permitamos que nuestra vida se enfríe, el corazón del cristiano tiene que arder, tiene que mantenerse vivo, activo, buscando hacer y entender la voluntad de Dios. Un cristiano no puede quedarse quieto ni conformarse con lo ya tiene, un cristiano tampoco puede callarse, y un cristiano no puede ser ignorante.

Si hemos empezado un viaje hacia el Emaús de la rutina, del cansancio, de la falta de compromiso, siempre estamos a tiempo de deshacer ese camino y volver a la Jerusalén del verdadero discipulado.

No permitamos que nuestra vida y nuestros pensamientos se desconecten:


  • Ni de Cristo.
  • Ni de su Palabra
  • Ni de su misión para nosotros.
El Señor tiene que ser el centro de nuestras vidas, en los momentos buenos y en los malos que vendrán. Puede parecer más cómodo pasar desapercibido en Emaús, pero es mucho mejor que volvamos a Jerusalén y compartamos las bendiciones de Dios con los demás. Porque de esta manera estamos derramando bendiciones en nuestras propias vidas y en las de los que nos rodean. Y este es un camino mucho mejor.

Amén.

E.E.S.

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