22 de octubre de 2014

¡Me abrió los ojos!

Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento.  
Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?
Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. 
Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar.  
Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.  
Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo.  Juan 9:4-7


Había un ciego de nacimiento que vivía sin esperanza de llegar a ver nunca la luz, pero aunque nadie se preocupaba por él, Jesús se le acercó y le dio la vista.

Los fariseos, en vez de alegrarse por él, se ofendieron porque Jesús había hecho esto en el día de reposo "quebrantando" la Ley, así que llamaron al ciego para pedirle explicaciones.

En medio de todo este legalismo, el ciego daba la gloria a Dios porque había cambiado su vida. Llama la atención la lección tan maravillosa de fe que esta persona con palabras sencillas logra dar a unos doctores de la ley:

"Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos" (versículo 30).

Y no sólo había transformado su físico sino también lo más profundo de su ser, porque ese milagro le había llevado a reconocer que Jesucristo es el Dios verdadero y el Mesías. Un poco después volvió para hablar con Jesús y de su palabra salió otra frase maravillosa:

"Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró" (versículo 38).

Cristo ha venido a cambiar vidas, la tuya y la mía. Sólo él puede hacerlo porque es el único que como Dios ha tenido autoridad para limpiar los pecados de la humanidad muriendo en la cruz. Dios no mandó a otro a que se sacrificara e hiciera el trabajo difícil, sino que Él mismo vino a morir y a humillarse ¡Qué gran demostración de amor!

Él no quiere rituales ni grandes sacrificios, sólo quiere que tú y yo creamos en él y le adoremos.

Que El Señor te bendiga.

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