3 de noviembre de 2013

El paralítico

"Entró Jesús otra vez en Capernaúm después de algunos días; y se oyó que estaba en casa.  
 E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.  
 Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro.  
 Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.  
 Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.  
 Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones:  
 ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?  
 Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?  
 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?  
 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):  
 A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.  
 Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa". Marcos 2:1-12.

Jesús estaba predicando en una casa, la gente no cabía y se agolpaba en la puerta tratando de escuchar sus palabras; sin embargo, no le importó que interrumpieran su mensaje y viendo la fe y la necesidad de aquel paralítico, perdonó sus pecados.

Jesucristo sanó en primer lugar lo más importante que es la enfermedad del alma. Después de eso, en segundo lugar, sanó la enfermedad de su cuerpo. Por eso la respuesta de Jesús fue mucho más allá de lo que estos hombres esperaban, porque además de su cuerpo, él sano su corazón limpiándole de sus pecados.

Sólo cuando fue consciente de que había sido perdonado de sus pecados, el hombre recobró el ánimo y recuperó la confianza que había perdido.

Aquel hombre que no podía moverse, salió de aquella casa portando su cama, con fuerza y con ánimo. Dios no hace las cosas a medias, sus obras son perfectas.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para que otros conozcan al Señor? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para alcanzar nosotros mismos una relación personal con Él?

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