6 de octubre de 2012

Engrandeced (3ª parte): ¿Qué quiero yo para Dios?

Continuamos con esta pequeña serie de meditaciones sobre cómo engrandecer al Señor. Después de ver este artículo donde dábamos un primer paso descubriendo lo que Dios quiere de mí, debemos también un segundo paso y plantearnos qué quiero yo para Dios. Qué le quiero ofrecer a Dios, qué quiero prometer a Dios. 

Si Dios nos asegura que recibiremos todo lo que El nos ha prometido (Lucas 1:45), debemos corresponderle de la misma manera (Lucas 1:38

A veces echamos mano de Eclesiastés 5:5 para no comprometernos con Dios cuando en lo más dentro de nuestra alma, sabemos que deberíamos prometerle algo para engrandecerle y recitamos para nosotros mismos:

“mejor es que no prometas y no que prometas y no cumplas”. 

Es cierto que es mejor no prometer en lugar de incumplir una promesa a Dios. Pero lo que olvidamos con frecuencia es que eso no es lo mejor. El consejo sabio del predicador, leído Eclesiastés 5:4-5 completo dice: 

"Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas". 

Lo peor es no cumplir una promesa y mejor que esto es no prometer nada. Pero lo mejor de todo es prometer cosas a Dios y cumplirlas. Es aquí donde está la bendición. 

Esto debe ser hecho como una ofrenda y una promesa, y no hay que olvidar que: 

- Ofrecer algo a Dios es darle lo que nos ha pedido. 
- Prometer algo a Dios es comprometernos a cumplir lo que nos ha encargado. 

Antes de ofrecer o prometer algo a Dios, debemos haber oído lo que Dios quiere de ti: (Lucas 1:37) “He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra”. 

No dejes pasar el día de hoy sin contestar a la importante pregunta de ¿qué quiero hacer para Dios? O ¿qué quiero ofrendar a Dios? O ¿qué quiero prometer a Dios? 

Plantéatelo como una ofrenda a Dios. Cuando nuestra vida es entregada al Señor como una ofrenda, Él obrará en ella de tal manera que nos devolverá multiplicado aquello que le hayamos ofrecido. Unas veces allanará obstáculos y otra nos dará fuerzas para superarlos. 

No pensemos que ofrecer nuestra vida a Dios es renunciar a la nuestra. Este es un concepto que no se corresponde con la vida cristiana verdadera. Tenemos que convencernos más bien de todo lo contrario; que nuestra felicidad depende de que Dios esté satisfecho con nosotros y sólo entonces nosotros mismos estaremos satisfechos con la vida que llevemos. 

¿Qué hacer cuando no nos encontramos bien? ¿Estaremos legitimados para abandonar la promesa que hicimos a Dios de engrandecerle? Eso nunca.. 

Quizás debas marcarte objetivos a más corto plazo, incluso evaluar tu fidelidad al Señor por días en lugar de por años. Si no te encuentras con fuerzas para cumplir tus promesas un año más, haz el firme propósito ante el Señor de cumplirlas al menos un día más y pregúntate ¿cómo puedes glorificar a Dios hoy? Y al finalizar el día pregúntate de nuevo ¿he llevado a cabo lo que Dios demandaba de mí hoy? Si es así, ya vendrán tiempos mejores y cuando lleguen tú te sentirás satisfecho de haber cumplido tus votos. 

Una vez que nos hayamos marcado el objetivo a alcanzar para el Señor y el tiempo para conseguirlo, debemos evaluar regularmente nuestros progresos. 

Es necesario también para ver si estamos glorificando y engrandeciendo al Señor en nuestra vida es evaluar regularmente los progresos que estemos consiguiendo en lo que respecta a nuestras promesas. 

Es necesario que para conseguir algo nos marquemos un plazo razonable hasta que lo logremos. Tener objetivos en la vida es algo fundamental, pero si no nos fijamos un tiempo adecuado para alcanzarlos podemos desalentarnos y desanimarnos antes de tiempo. 

No debemos buscar aprobar el examen al final del curso, sino más bien hacer exámenes parciales que nos indiquen si avanzamos o no (el perder peso), sin olvidar en todo el proceso que para glorificar a Dios necesitaremos siempre de su ayuda y dirección para que al final sea Él glorificado y no nosotros mismos, como un logro personal. 

Podemos llegar a la siguiente conclusión: 

Engrandecer al Señor es un asunto personal entre tú y El. y se consigue permitiendo que El haga su obra en tu vida, eso es lo que Dios quiere de ti, y comprometiéndote con él, ofrendándole fidelidad a tus promesas como una manera de corresponder a la fidelidad con la que Dios cumple las suyas contigo, eso es lo que yo quiero para Dios. 

Para que Dios sea lo más grande en nuestra vida, es necesario que nosotros seamos cada vez más pequeños; va a requerir renuncias de nuestra parte:

“es necesario que El crezca y que yo mengüe”. 

“cada día muero” 

Eso es verdaderamente engrandecer al Señor.

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