8 de julio de 2012

Una cosa sé (Juan 9:1-12)

Esta es la historia de un hombre cuya vida fue cambiada por Jesucristo. No era fácil el día a día de un minusválido en Israel porque estaba destinado a vivir de las limosnas de los demás, apartado de la vida pública, marginado y sin esperanza de mejora alguna. Este hombre era ciego de nacimiento, así que llevaba en esta situación toda la vida.

Ahora los discípulos le hacen una pregunta a Jesús (versículo 2). Hay algo en esta pregunta que pone de manifiesto que los discípulos y los judíos en general tenían un grave problema. Ellos podían haber pedido al Señor que sanara al ciego, pero en vez de eso dan por hecho que este hombre estaba en esa situación por su propia culpa, y les interesa tanto la interpretación de la Ley que se olvidaron de tener misericordia de él. 

Jesucristo les responde y  comienza a manifestar las obras de Dios. Esta persona fue un instrumento utilizado por Jesucristo para mostrar al mundo su poder y autoridad, que él es el único que puede limpiarnos de ese pecado que nos está impidiendo abrir los ojos espirituales para que podamos tener una relación personal con Él. 

Así que la sanación del ciego tenía un significado espiritual aún más importante que el físico, una enseñanza para el pueblo y también para sus discípulos. Debemos hacer un esfuerzo para romper las barreras de nuestras costumbres y de nuestra forma de ser. 

En los versículos 6-7 Jesucristo sana al ciego de una forma bastante curiosa. Él podía haber dado una orden y se habría curado inmediatamente, pero quería que en la manera de sanar también hubiera una enseñanza. Aquí tenemos tres cosas de las que aprender: EL BARRO, EL AGUA Y UNA ORDEN. 

EL BARRO. Es un material aparentemente de poca utilidad porque es débil, se rompe y deforma con facilidad, es desagradable al tacto...

Jesucristo tomó barro hecho con saliva, algo todavía más desagradable, y lo utilizó como herramienta para devolver la vista a un ciego, haciendo algo maravilloso. Nosotros somos vasos de barro en las manos de nuestro Dios. Sin Él tenemos muy poca utilidad, sólo serviríamos para mancharlo todo con nuestro pecado. Pero El Señor puede utilizarnos para hacer grandes cosas, para transformar la vida de otras personas como portavoces suyos.

Él tiene que cambiar nuestra vida, puede y quiere hacerlo, sólo tenemos que dejarnos moldear como el barro (Jeremías 18:6-9).

EL AGUA. El barro sólo se puede moldear cuando está mezclado con agua. Jesucristo mandó al ciego que se lavase en estanque de Siloé, que significa "El Enviado", que se alimentaba del mantantial de Gihón o manantial de la Virgen, es decir que le mandó a lavarse en el agua de "El Enviado", que venía del manantial de la Virgen. Fijaros qué simbología tan maravillosa.

Los judíos acudían a este lugar para bañarse porque lo consideraban sagrado, pero Jesucristo les estaba diciendo que el único que tiene el poder y la autoridad para limpiar los pecados y las consecuencias de esos pecados es Él, Dios mismo hecho hombre. Fijaros lo que les dice un poco antes en Juan 7:37-39. 

Las tradiciones no valen para nada si no tenemos a Cristo en el corazón. Seguiremos secos aunque tengamos apariencia de santidad. 

UNA ORDEN.  Era sencillo, lavarse en el estanque, pero si no lo hacía el ciego nunca recibiría la vista. Esta persona cumplió con su parte en este milagro, sólo tenía que creer y obedecer y es exactamente lo que hizo. Dios hizo el resto.

Cristo les dio una gran lección. Fijaros lo que les dice poco antes en 8:12. La verdadera fuente de vida estaba delante de sus ojos, sólo tenían que creer y obedecer. 

Por último meditemos en las diferentes actitudes de las personas que aparecen en esta historia:

LOS PADRES DEL CIEGO (versículos19-23). Los fariseos les llamaron para preguntarles sobre lo sucedido. Ellos sabían perfectamente que Dios había hecho un milagro en la vida de su hijo, pero aún así prefirieron callarse por miedo a ser expulsados de la sinagoga.

EL CIEGO. Después de ser sanado, este hombre empieza a cambiar y ahora reconocía que Jesucristo era alguien enviado por Dios (versículos 17, 25, 33), pero aún no le reconoce como el Mesías. Más tarde acaba reconociéndole como el Mesías y le adora (versículos 35-39). 

Una persona ignorada, menospreciada, marginada, llega a ser el centro de atención de todo el pueblo enseñando a los mismos doctores de la Ley (v. 34). 

LOS FARISEOS. Se sabían la Ley de memoria y se esforzaban por cumplirla y hacerla cumplir. Sin embargo no les sirvió de nada porque tenían delante de ellos al Hijo de Dios haciendo milagros y no se dieron cuenta. Llamaron al ciego para interrogarle pero lo hicieron ya con sus ideas preconcebidas que les convertían en ciegos espirituales (versículo 24). 

Preguntaban una y otra vez lo mismo, porque la respuesta que escuchaban no les gustaba (versículo 27). Ni siquiera reconocían lo evidente, que esta persona era ciega y fue sanada (versículo 18). Incluso llegan a insultar al hombre sanado llamándole discípulo de Jesús (versículos 28-30).

¡Menudo insulto! Lo que para el incrédulo es un insulto para el creyente es una bendición. Que no nos importe cuando por causa del Evangelio nos rechacen, es normal, lleva dos mil años ocurriendo, más bien sintámonos bienaventurados (Mateo 5:11-12).

La obra de Dios y el Evangelio llama la atención de las personas porque su mensaje de amor es muy diferente a lo que estamos acostumbrados a ver en este mundo, pero lo importante no es si nos sorprende o no, es si realmente creemos en la Palabra Dios dejando que Cristo sea nuestro Señor.

Los fariseos querían saber tres cosas: Quién hizo el milagro, cómo lo hizo y dónde estaba (versículo10-12).  El Evangelio es sencillo, no hay que complicarse como aquellos fariseos. El hombre se lo dijo bien claro y claros debemos ser los creyentes: UNA COSA SÉ, QUE HABIENDO YO SIDO CIEGO, AHORA VEO. 

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