14 de julio de 2012

La historia del rey Asa (1ª parte)

Vamos a hablar de un hombre que según Dios tenía un corazón perfecto. Su nombre era Asa y fue rey de Judá durante cuarenta y un años.

El Señor lo que más valora en el hombre es su corazón. Mirad lo que Dios le dijo a Samuel cuando le mandó ungir a David como rey en 1º Samuel 16:7: "Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

Él nos enseña que es en el corazón donde se puede conocer la verdadera condición de un hombre de fe, si hace las cosas con sinceridad, y las dice con convicción y si su amor por él es verdadero. Dice Proverbios 21:2 que “todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones”.

Y el primer mandamiento es “Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5). 

Él quiere que le ames de corazón y que sea ese amor lo que te impulse a todo lo demás. Por eso Dios no nos pide que hagamos cosas para El, nos pide el corazón “dame hijo mío tu corazón” (Proverbios 23:26), porque sabe que si le damos el corazón, todo lo demás que le ofrezcamos o le demos será verdadero y perfecto. 

Este es el corazón perfecto y para entenderlo mejor nos vamos a fijar en un episodio de la vida del Rey Asa que tuvo lugar al comienzo de su reinado

Esta historia se encuentra en 2º de Crónicas 14:9-12 y nos demuestra que TENER UN CORAZÓN PERFECTO NO ES SER AUTOSUFICIENTE. Nos han inculcado la idea de que cuanto más independientes seamos, más perfecto seremos. Los héroes de las novelas son perfectos porque pueden hacer lo que desean por sí solos, sin recurrir a la ayuda de nadie. ¿Cuántas veces hemos visto a Superman pedir ayuda? 

Depender de otro nos hace sentirnos vulnerables e imperfectos. Pero esta es una manera humana de ver las cosas.

Ante el mayor ejército que se nombra en la Biblia, Asa demostró que tenía un corazón perfecto, porque reconoció y sintió que necesitaba la ayuda de Dios y esto, en lugar de mostrar su debilidad, lo que hizo fue engrandecerle. Sabía en su corazón que no importaba cuántos fueran los enemigos, si se apoyaban en Dios.

La enseñanza para el cristiano es la misma “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2ª Corintios 12:9 y 10).

Vemos en 2º Crónicas 14:12 que a Dios se le da el mérito de la victoria. El es el que pelea la batalla. Esto es algo angustioso a veces de entender para aquellos que no nos gusta depender de los demás.

¿Quiere esto decir que no debemos poner de nuestra parte a la hora de afrontar nuestras debilidades? Claro que no. En 2º Crónicas 14:6-8 dice que Asa en tiempo de paz fortificó las ciudades y formó un ejército.

Debemos aprender a buscar soluciones humanas a nuestros problemas y una vez hecho esto, ponerlas en las manos de Dios para que las complete y perfeccione. No es pecado utilizar medios humanos para resolver nuestros problemas, pero sí lo es el confiar más en ellos que en Dios; el pensar que nuestras soluciones son mejores que los caminos de Dios o lo que es peor, el pensar que Dios no tiene nada que decir o hacer en nuestros problemas.

Hasta aquí la primera historia. En el próximo artículo veremos una segunda historia sobre este rey, en la que aprenderemos que tener un corazón perfecto no significa ser perfecto...

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