25 de abril de 2012

Cosas que ojo no vio (segunda parte)

JESUS Y SU BAUTISMO 

Los evangelios nos cuentan que Jesús, en el momento de comenzar su ministerio recibió de Dios la confirmación para llevar a cabo su labor. Era algo que el necesitaba como hombre en ese momento y que seguro recordaría en los momentos tan difíciles que vivió. 

Cuenta el evangelista en Marcos 1:11 de Jesús que, después de ser bautizado:

“cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”. 

Nadie vio al Espíritu; tampoco nadie oyó la voz del Padre. Era un mensaje exclusivo para Jesús. 

A partir de ese momento, el Hijo amado de Dios comenzó su ministerio público, comenzando por los 40 días de tentación en el desierto y terminando con las 6 horas de agonía en la cruz. Pero esa visión en la que desde el cielo El Padre y el Espíritu Santo le mostraron su apoyo y le confirmaron en su misión, le sostuvo como hombre para acabar la obra que el Padre le mandó que hiciera. 

¡Cómo cambiaría todo si recordáramos en todo momento, pero especialmente en los momentos difíciles, que el Espíritu Santo ha descendido sobre nosotros y que además somos hijos amados del Padre! ¡Qué manera tan diferente tendríamos de afrontar las pruebas si recordásemos que Dios se complace en nosotros (está orgulloso de nosotros) tan solo cuando hacemos su voluntad! 

JESUS VIO CAER A SATANÁS 

Justo después de que los setenta enviados volvieran de haber predicado el evangelio, cuenta Lucas 10:18 que se presentaron ante Jesús y le dijeron: 

“Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo”. 

Nadie más lo vio. Solo Jesús. Pero esto le proporcionó un gozo tan grande al saber que el que tenía el imperio de la muerte estaba siendo derrotado por la predicación del evangelio que dice el evangelista que “en aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu…”. 

¡Qué importante es que sepamos que nuestro enemigo es un enemigo derrotado! ¡Qué seguridad y qué gozo sentiríamos si fuéramos conscientes del poder del evangelio para derribar las fortalezas y esas huestes espirituales de maldad que están en las regiones celestes”! 

ESTÉBAN 

Del primer mártir cristiano dice en Hechos 7:55-56 que cuando estaba siendo apedreado “lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios…” 

Jesús había profetizado diciendo “de aquí en adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”. Y efectivamente, Esteban lo vio. 

Ninguno de los que le apedreaban, si Saulo que estaba allí con ellos percibió esta visión. Pero Esteban sí que lo vio y fue esta tranquilidad de saber que estaba dando su vida por aquel que vive a la diestra de Dios lo que le permitió morir en paz, incluso pudo orar antes de morir “Señor Jesús, recibe mi espíritu y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado”.

Ante una situación límite, el Señor abrió las puertas del cielo para que su siervo contemplara lo que le esperaba y para confirmarle en la fe que había depositado en Jesús.

¡Qué consuelo tan grande tendríamos si estuviésemos seguros siempre que nuestro trabajo para el Señor no es en vano! ¡Con qué tranquilidad tan maravillosa afrontaríamos los sacrificios por el Señor si pusiéramos los ojos en el cielo, donde nos espera la gloria de Dios, que es tan superior a la gloria de este mundo! 

De la manera en que percibamos los acontecimientos que nos ocurren en nuestras vidas va a depender que disfrutemos más o menos de ella o que suframos más o menos en ella. 

Y en todo esto tiene una importancia principal hacia dónde miran nuestros ojos y por tanto de la visión que cada uno de nosotros en particular tenga de Dios. Porque dependemos de El. Somos siervos que dependemos del sostenimiento que nuestro Señor nos da y del trabajo que El nos encomienda. 

Dios ha abierto nuestros ojos para que veamos cómo El SIEMPRE: 

- Nos protege del peligro. 
- Nos defiende de los enemigos. 
- Nos alienta ante sus retos. 
- Nos confirma en nuestro llamamiento. 
- Nos garantiza una vida victoria.

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