25 de marzo de 2012

La gran dimensión de la adoración

La conversación que vemos en Juan 4:1-24 entre Jesús y la samaritana, junto al brocal de un pozo, encierra una de las enseñanzas más importantes acerca de cuál sea en realidad la verdadera adoración. 

Judíos y samaritanos no se trataban entre sí. Tenían lugares diferentes donde adorar, tenían rituales diferentes, doctrinas diferentes y cultos diferentes. Pero ambos compartían un mismo error, el de tener un concepto muy limitado y deficiente de la verdadera adoración.

La adoración no se limita a un lugar concreto. 

Esto es lo que Jesús quiso dar a entender, y es algo revolucionario para el concepto judío y samaritano acerca del culto a Dios. Jesús enseña que cualquier lugar donde se encuentre un hijo de Dios puede y debe convertirse en un lugar de adoración. Es por eso que podemos estar ahora mismo adorando al Señor. 

Pablo anunció ese templo portátil que somos todos los hijos de Dios cuando dijo que nuestro “cuerpo es templo de Espíritu Santo, el cual tenemos en nosotros, el cual tenemos de Dios, y que no somos nuestros” (1ª Corintios 6:19). 

La adoración no se limita a un momento determinado. 

El culto no se debe limitar al tiempo que dure las reuniones semanales de la iglesia, sino que debe ser un estilo de vida. 

Hay muchas otras formas de dar culto a Dios. Visitar al hermano, entablar una conversación con él para fortalecer nuestra amistad, escucharnos unos a otros para descargarnos de nuestras preocupaciones y consolarnos mutuamente, perdonarnos y reconciliarnos cuando es necesario, todo esto forma parte de nuestra adoración. 

Jesús quiso enseñar aquí que la auténtica adoración que agrada a Dios se sustenta sobre tres pilares básicos: 
  • La adoración al Padre. 
  • La adoración hecha en Espíritu. 
  • La adoración practicada en verdad. 
Esto requiere más de una hora y media o dos que dura un culto de los domingos. 

Al igual que los piñones de un engranaje, esas tres cualidades habrán de estar presentes y activas en nuestra adoración para que podamos engancharnos en el engranaje divino y nuestra relación espiritual funcione tal como Dios tiene pensado. 

¿Qué significa adorar al Padre? 

La verdadera adoración consiste en una relación personal con Dios como Padre que nos va a hacer sentir parte de la familia de Dios como sus hijos y nos va a permitir ver a los demás creyentes como hijos de Dios y lo que es más importante, como nuestros hermanos. 

La adoración no se limita a cumplir con una religión, sino que tiene que ver con disfrutar de formar parte de la familia de Dios y vivir también como un hijo de Dios. 

¿Qué significa adorar en espíritu? 

Significa que la adoración debe surgir de manera espontánea en el creyente impulsada por esa nueva vida espiritual que le ha sido implantada que le debe hacer sentir la presencia real viva y activa de Dios en su interior, transformando su forma de ser y de entender la vida. 

¿Qué significa adorar en Verdad? 

Adorar a Dios en verdad es ser completamente sinceros con él. El Señor dijo de los judíos “este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Isaías 29). 

La adoración aceptable ha de ser la manifestación de un corazón sincero. 

Adorar a Dios en verdad significa que practicamos la integridad. El profeta Amos fue muy claro y concreto cuando dijo “aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas. Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vuestras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofrendas de paz… Quita de mí la multitud de tus cantares” (Amós 5:21 y 22). Y todo porque no coincidía su forma de adorar con su forma de vivir. 

El carácter del verdadero adorador es el de una persona que sabe que es un hijo de Dios y vive como tal. Yo le pido al Señor que haga posible que ofrezcamos un auténtico culto al Padre, en espíritu y en verdad allá donde vayamos.

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