14 de febrero de 2012

Compañía en la soledad (2ª parte)

En el último artículo veíamos lo terrible que es la soledad ante la incomprensión de los demás y cómo Dios ayuda al cristiano en esos momentos difíciles. Pero no es el único tipo de soledad a la que tenemos que enfrentarnos a lo largo de nuestra vida:

LA SOLEDAD DE LA LUCHA INTERIOR.

Nos podemos encontrar muy solos cuando tenemos que enfrentarnos con lo que nos ha sobrevenido que parece insuperable sin la ayuda del poder de Dios.

Jesús también sufrió de esta soledad. Cuenta Mateo 4:1 que “entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo”. El hijo de Dios es llevado en ocasiones al desierto, como lo fue Jesús. Justo después de haber sido bautizado en agua y ungido con el Espíritu Santo, Jesús dice que fue guiado por ese mismo Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.

¡Qué tremenda es la soledad de la lucha interior! No podemos explicársela a nadie porque solo nosotros sabemos lo que estamos pasando. Nadie nos puede entender porque cada experiencia es personal y única y diferente en cada uno de nosotros.

Pero vencer la batalla tiene su recompensa. De Jesús dice el evangelio de Mateo que tras haber luchado con las tentaciones de Satanás y no haber caído “vinieron ángeles y le servían” (Mateo 4:11).

No fue hasta que pasó la prueba que el comenzó su ministerio. Tuvo que experimentar la soledad de la lucha interior y su victoria ante la prueba para luego poder dedicarle al Padre los tres últimos años de su vida en completa obediencia.

¿Estás experimentando esa lucha interior?

3. LA SOLEDAD DEL PECADO.

El pecado produce separación entre Dios y el hombre. Es como si nos enfadamos con alguien. La relación está rota. No hay comunicación y Aunque esté junto a nosotros es como si estuviéramos solos. Eso es lo que sucede entre nosotros y el Espíritu que mora en nosotros cuando pecamos.

La Palabra de Dios nos advierte respecto a esto en Efesios 4:30-32 para que “no contristemos al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

Dios sabe desde el principio que “no es bueno que el hombre esté solo”. Por eso quiso arreglar la situación del pecado del hombre de la única manera que pudo hacerlo para cumplir por un lado su propia justicia y además poder restaurar esa soledad producida por el pecado y fue apropiándose también de nuestra soledad.
Sin embargo, Jesús vino para llevar él mismo la soledad que nosotros merecíamos. Dice Mateo 27:46 que “Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lemá sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” o (abandonado).

No hagamos inútil este sobrehumano esfuerzo de Jesús de evitarnos sufrir la soledad de vivir separados de Dios y solos.

¿Sufres de soledad como consecuencia de la incomprensión, la lucha interior o el pecado? Si es así, ya sabes la solución para dejar de padecerla. Acude a Dios y él permanecerá contigo.

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