20 de noviembre de 2011

Las palabras. Mateo 12:30-37

Hay un dicho popular que dice que las palabras se las lleva el viento. Y comprobamos que este refrán se cumple muy a menudo en la vida cotidiana. Así oímos a personalidades de la política, de los negocios y de otros ámbitos del poder cómo desmienten aquello que han dicho con anterioridad y que si no fuera por las grabaciones de TV o radio quedarían en entredicho.

Esto no es un mal moderno, sino que en la antigüedad los hombres se fiaban muy poco de las palabras. El documento escrito más antiguo es precisamente un contrato o un acuerdo comercial. Hoy en día, cuando la palabra ha perdido aún más su valor, un contrato o acuerdo que no se vea plasmado en un papel firmado no tiene validez.

Cualquiera puede decir lo que quiera sin que tenga que dar cuenta de sus palabras. Esto es así en el trato del hombre con el hombre, pero no funciona de la misma manera en el trato con Dios, como vemos en Mateo  12:37: "Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado". Y esta es la razón por la que debemos tener cuidado con nuestras palabras.

Aquí aprendemos que las palabras que el hombre pronuncia indican su estado espiritual. Porque ninguno de nosotros puede saber lo que hay dentro de otro ser humano sino observando lo que sale a través de sus labios.

Dice en el v.34 que "de la abundancia del corazón habla la boca". La boca indica el estado espiritual de una persona en el momento de pronunciar las palabras y cómo el mismo Señor dice sólo se puede estar justificado o condenado.

Por eso todos nosotros cuando hablamos nos delatamos, ya que damos a conocer lo íntimo de nuestro corazón. Quizá alguien puede pensar que en boca cerrada no entran moscas o incluso usando un texto bíblico "en las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente" y esto es verdad, pero no se puede permanecer callado porque incluso el que calla dice también el refrán que otorga.

Precisamente las palabras que justifican son las que confiesan estar con Cristo. De la misma manera, las palabras que condenan son las que niegan estar con él. Por eso no hay zona neutral, o justificado o condenado, o con Cristo o contra él. O le confesamos o le negamos. De ti depende saber de qué lado estás.

¿QUÉ ES CONFESAR A CRISTO?

Debemos saber todos muy bien en qué consiste esto de confesar a Cristo. Y podemos fijarnos en algunas confesiones famosas que encontramos en los evangelios:

1. Pedro (Mateo 16:16). El Cristo y el Hijo de Dios.
2. Natanael (Juan 1:49). El Rey de Israel y su Maestro.
3. Marta (Juan 11:27). El enviado del Padre.
4. Tomás (Juan 20:28). Su Señor y su Dios.

CONSECUENCIAS DE CONFESAR A CRISTO.

No es suficiente confesar a Cristo con la boca. Para beneficiarnos de su salvación, debemos haber creído de todo corazón en él como nuestro Salvador personal (Romanos 10:9). Una vez que hayamos hecho esto la primera consecuencia es que esa confesión TRAERÁ SALVACIÓN.

Pero hay todavía más, porque esa confesión TRAERÁ LA COMPAÑÍA DE DIOS A TU VIDA (1ª Juan 4:15).

También TRAERÁ CONFLICTOS, oposición, desprecios, discriminación (Juan 9:22). Pero esto no debe preocuparnos porque al final, confesar a Cristo dará como resultado QUE EL TAMBIEN NOS CONFIESE DELANTE DEL PADRE.

Estas son algunas de las consecuencias de confesar a Cristo, pero ¿Qué será de aquellos que no le confiesan?. El que no le confiesa, le niega (versículo 30). Y el que niega a Cristo:

- Traerá amargura a su vida (Mateo 26:75).
- Se convierte en un anticristo (1ª Juan 2:22).
- El Señor se avergonzará de él (Marcos 8:38).
- Cristo no le reconocerá (Mateo 25:12).
- También el Señor le negará (Mateo 10:33).
- Finalmente acarreará para sí mismo destrucción (2ª Pedro 2:1).

No tenemos más remedio que pronunciarnos. Confesar a Cristo y gozar de su justificación o no confesarle y por lo tanto negarle y sufrir la condenación. Delante de Dios no hay impunidad, las palabras no se las lleva el viento. Es necesario por tanto que te pronuncies.

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