30 de octubre de 2011

La compasión del Señor

Se puede encontrar a menudo en los evangelios el hecho de que Jesús fue movido por compasión. Los discípulos de Juan le contaron que su maestro había sido decapitado y él se fue a un lugar desierto y la multitud le siguió, y cuando vio a la gente se compadeció de ellos y sanó sus enfermedades.

Si él estuviera delante de nosotros, su corazón sería igualmente movido por compasión viendo la necesidad de nuestros corazones, porque podría leer en ellos los problemas, las preocupaciones, incluso los pecados que estamos soportando.Estos están ocultos de nuestros ojos, pero él los conoce todos, como cuando vio a esa multitud que se reunió a su alrededor. El conocía lo cargado, roto y enfermo que estaba cada corazón.

Pero él está junto a nosotros aunque no podamos verle, y no hay ningún dolor, o problema, o aflicción que no pueda curar; porque es el mismo esta tarde que el que anduvo sobre la tierra. El mismo Jesús. El mismo hombre de compasión.

Cuando vio a la multitud, tuvo compasión de ellos, y sanó sus enfermedades, y no hay un corazón tan enfermo y roto del que el Hijo de Dios no se pueda compadecer y sanar. Si este es tu caso, debes saber que Él “no quebrará la caña cascada ni apagará el pabilo que humeare”. El vino al mundo a ofrecer misericordia y gozo y compasión y amor. Para ilustrar esto vamos a oír una hermosa historia de compasión que está en Marcos 1:40-42.

Una vez vino a Jesús un hombre lleno de lepra de la cabeza a los pies. Allí estaba, despreciado por su familia, por sus amigos y por todos los que le veían. Y entonces vino a Jesús con su triste y miserable historia.

Podemos pensar en cuánto había sufrido ese hombre, cuántos años había estado alejado de su esposa y de sus hijos, pero allí estaba, se había colocado un extraño vestido que le identificaba como un ser inmundo. Nadie se acercaba a él.

Si su esposa le hubiera mandado decir que su querido hijo estaba enfermo y muriéndose, él no podría haberse acercado a él y besarle en esos últimos momentos. Vivía como muerto en vida, lo cual es peor que la misma muerte.

Allí estaba. Desechado de todos y de todo y nadie podía hacer nada por aliviar su situación. Pero entonces vino Jesús y cuando le vio dice que fue movido por compasión y cuando vino a Él le dijo “Señor, si tú quieres, puedes limpiarme”. El sabía que no había nadie que pudiera hacer eso sino el Hijo de Dios. Y el gran corazón de Jesús fue movido con compasión hacia él. Oye las palabras que salieron de sus labios “quiero, sé limpio” y la lepra desapareció.

El hombre cambió por completo inmediatamente. No sería nunca más un proscrito, nunca más alguien inmundo y despreciable. Una nueva vida gracias a la compasión de Jesús.

La lepra del alma es mucho peor que la que sufrió este hombre, porque nos hace proscritos no ante los hombres, sino ante Dios. De ella también Jesús es el único que puede limpiarnos. Acude a Jesús y pídele que limpie tus pecados, que te reconcilie con Dios, él no rechaza a nadie por muy sucio que pueda estar porque Dios es amor.

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