3 de octubre de 2011

Historias de gigantes (2ª parte). Los 4 gigantes malvados

La segunda historia de gigantes dice así: Hace mucho tiempo vivían en un país lejano 4 gigantes malvados que se dedicaban a desafiar a un pequeño pueblo que habitaba junto a ellos. Estos gigantes eran todos de una misma familia y uno de ellos tenía incluso 24 dedos, 6 en cada mano y 6 en cada pie. Lucharon contra ese pequeño pueblo cuyos guerreros eran más pequeños que ellos, pero estos guerreros pequeños vencieron a los gigantes. Por eso se les llamaba a los guerreros de ese reino “Los valientes del rey”. Y ya, una vez que fueron derrotados y muertos los gigantes, no se habló más de ellos sino sólo para recordar cómo la victoria no es sólo para los que, como esos gigantes, estaban seguros de vencer por su corpulencia, sino que vence más bien el que no confía sólo en sus propias fuerzas.

Esta historia de gigantes y de valientes se escribió hace mucho tiempo y aunque parezca un cuento, no lo es. La encontramos en nuestras Biblias, en 2º de Samuel 21: 15-22.

Todos sabemos la historia de cómo derrotó David a Goliat con su onda. El era joven entonces y vigoroso y le venció. Pero mucho tiempo después luchó con otro y el rey, ya viejo, se cansó y casi es muerto por este otro gigante llamado ISBI-BENOB.

Y es aquí donde podemos encontrar una enseñanza para nuestras vidas como cristianos. No es malo cansarse. Yo diría incluso que es una buena señal que estemos cansados. Creo que todos deberíamos estar cansados. Y digo esto porque estar cansado es señal de que hemos trabajado y también de que hemos ido a la batalla.

David tenía aquí alrededor de 60 años de edad, más gastado, viejo y sobre él pesaba mas responsabilidades que cuando mató a Goliat. Esto es señal de que obedeció a Dios y si estaba cansado era porque lo que le había dejado sin fuerzas fue la lucha contra los gigantes filisteos.

Nosotros también tenemos enemigos que pudieran parecer gigantes, pero esto no debe desanimarnos sino que debemos ir a la batalla y poder decir lo mismo que Pablo al final de su ministerio  “He peleado la buena batalla”.

La peor derrota que tuvo David no la sufrió en el campo de batalla sino en su palacio, el día que pecó con Betsabé e hizo matar a su esposo Urías. Podemos leerlo en 2º Samuel 11:1 y sucesivos. David se quedó en Jerusalén cuando era el tiempo que salen los reyes a la guerra. Y allí en su palacio sufrió su mayor derrota, precisamente por no haber estado en el lugar que le correspondía. En la batalla con sus hombres. El aprendió bien la lección; comenzó sus batallas con un gigante y terminó sus días como guerrero con este otro gigante al que venció también, pero con la ayuda de uno de sus hombres, uno de los valientes de David.

Aquí viene la segunda enseñanza de esta historia de gigantes y valientes y esta es que debemos estar siempre atentos para socorrer al hermano que necesita de nuestra ayuda.

Fue Abisai el que libró al rey David de morir en manos de este gigante. Este era un buen compañero de batalla, porque cuando se le necesitó estuvo atento a socorrer a aquel que estaba a su lado luchando, pero cansado. Abisai tenía una especial relación con David. Era su sobrino, hijo de su hermana Savia. También era uno de los llamados valientes de David.

Los cristianos somos como Abisai y David, familia en la fe y compañeros de batallas. Todos necesitaremos también en alguna ocasión  a un Abisai a nuestro lado que nos socorra cuando estemos cansados.  Cada gigante tiene su valiente que le derrote. Así, para Goliat fue David, para Isbi-Benob fue Abisai, para Saf fue otro y así sucedió también con el otro Goliat y para el gigante de 24 dedos. Cada uno derrotó a su gigante.

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